
Hay una frase de Santi Segurola en Radioestadio que merece detenerse: «Lo de Valverde y Tchouaméni me parece que fue mucho peor que esto de Asencio». Y sin embargo, ¿alguien habla hoy de aquello?
Eso es exactamente el problema.
El periodista puso el dedo en una llaga que el fútbol lleva años ignorando: el tratamiento mediático dentro de un vestuario no es igual para todos. Cuando el protagonista de un escándalo es una estrella intocable, el mensaje «se va modulando» —palabras textuales de Segurola— hasta que desaparece del radar. Cuando es un jugador de banquillo con jerarquía baja, la historia no desaparece. Se queda grabada.
Raúl Asencio cuadruplicó la tasa de alcohol permitida conduciendo a mediados de agosto. Está mal. Él mismo lo ha reconocido públicamente. No hay debate ahí: puso en riesgo su vida y la de otras personas, y eso no tiene justificación posible independientemente de quién lo haga.
Pero Segurola abre una pregunta incómoda que va más allá del caso concreto: ¿por qué hay jugadores que cometen errores —incluso físicamente agresivos, como sugiere en referencia al incidente Valverde-Tchouameni— y salen prácticamente indemnes de la narrativa pública, mientras que otros cargan con el peso de cada tropiezo durante años?
La respuesta es brutal en su simplicidad: la jerarquía dentro del club determina el nivel de protección mediática que recibes.
Asencio ya arrastraba un caso judicial previo relacionado con la difusión de un vídeo. Fue absuelto tras el perdón de las víctimas, pero el desgaste —personal e institucional— ya estaba hecho. Ahora suma esto. Y según Segurola, este tipo de acumulación en perfiles de bajo estatus en la plantilla tiende a convertirse en etiqueta permanente.
El Real Madrid, como era previsible, aplicará algún tipo de sanción interna. No podría hacer otra cosa: es un escándalo público que afecta directamente a la imagen del club. Según la información disponible, Asencio quiere revertir la situación con actitud y rendimiento dentro del campo.
El problema es que el campo puede ser el lugar más difícil para rehabilitarse cuando la narrativa externa ya te ha encasillado.
Lo que hace interesante el análisis de Segurola no es la denuncia del caso Asencio en sí, sino la denuncia del sistema: un vestuario donde en las últimas dos temporadas han saltado chispas con regularidad, donde la frustración, la presión y la desconfianza en el trabajo de Valdebebas han generado conflictos… pero donde solo algunos conflictos llegan a ser noticia, y solo algunos jugadores pagan el precio completo.
Eso sí que es un problema estructural del que nadie habla lo suficiente.





