
Hay jerarquías raras en la cabeza de los futbolistas. Franco Mastantuono ya jugó con Messi en la Selección, ya se sentó a charlar con Gabriel Batistuta en Florencia, ya viste la camiseta de la Fiorentina en la Serie A con apenas 19 años. Y sin embargo, cuando le preguntan cuál fue el mejor momento de su vida, no dudó ni un segundo: un tiro libre contra Boca en el Monumental.
No comparó. No matizó. Lo dijo tal cual, en diálogo con La Gazzetta dello Sport: «Fue el mejor momento de mi vida». Ni el debut en la Fiorentina, ni compartir plantel con Messi, ni la charla con Batistuta le ganan a ese golazo. Y la verdad, tiene sentido si uno lo piensa bien: hay estadísticas que impresionan y hay sensaciones que se graban a fuego. Ese gol fue las dos cosas juntas.
Vale la pena repasar la escena. Mastantuono se paró frente a la pelota en un Superclásico con el Monumental repleto, les avisó a sus compañeros que le iba a pegar con efecto, y la clavó en el ángulo. Nada de improvisación: sabía exactamente lo que iba a hacer y lo ejecutó bajo la presión más grande que existe en el fútbol argentino. Eso, para un pibe que todavía estaba explotando en el radar del fútbol grande, dice mucho más de su cabeza que cualquier informe técnico.
Ahora, la vida es otra. Instalado en Florencia, Mastantuono cuenta que estudia italiano una hora por día y sigue practicando en la cancha, aunque reconoce entre risas que Fabio Grosso a veces «va demasiado rápido» con las indicaciones. Se acostumbró a la pasta, a la focaccia, y a una ciudad que recién empieza a conocer. Nada nuevo para alguien que dejó Azul, su pueblo natal, a los 13 o 14 años para instalarse solo. La independencia no le es ajena.
Lo de Batistuta sí parece haberlo tocado especialmente. El propio Franco lo definió como una sensación increíble, charlar de fútbol, de la ciudad, de lo que significa vestir esa camiseta con una leyenda que la representa como pocos. Y prometió tomarse en serio sus consejos, algo que en un pibe de 19 años recién llegado a Europa no es poco.
Con Messi, en cambio, el vínculo pasa por otro lado: admiración pura. «Es único y el mejor de todos», dijo, sin vueltas, sobre haber compartido plantel con él en la Selección.
Lo interesante de esta nota es justamente eso: mientras todo el mundo espera que un jugador que dio semejante salto hable de ambición, de Champions, de nuevos desafíos, Mastantuono elige quedarse con una tarde en Núñez. Y quizás ahí esté la clave de por qué genera tanta expectativa en Italia: no se le subieron los humos ni con Messi ni con Batistuta. Sigue siendo el mismo pibe que un día le avisó a sus compañeros que iba a poner el efecto justo, y lo cumplió.
El desafío ahora es otro: sumar minutos, adaptarse a la Serie A, crecer en la Fiorentina. Pero como él mismo lo dejó claro, hay un techo emocional que todavía nadie le tocó. Y ese techo tiene nombre propio: Boca, el Monumental, y una pelota que se clavó en el ángulo.





