
El discurso institucional del Atlético de Madrid siempre insiste en lo mismo: son el equipo humilde, el del pueblo, el que juega por detrás de Real Madrid y Barcelona. Pero ese relato empieza a hacer aguas cuando se mira la realidad económica del club: Simeone es el entrenador mejor pagado de LaLiga y las inversiones en plantilla han sido notables en los últimos años. Kiko Narváez, exjugador rojiblanco, ha puesto el dedo en la llaga en El Larguero al repasar cómo fue realmente el mercado de fichajes del pasado verano.
Según Narváez, la llegada de Apolo generó expectativas desmedidas entre la afición. Se hablaba de nombres como Marc Cucurella, Rodri, Tonali o Bernardo Silva como objetivos reales del club. Nada de eso se cumplió. Cucurella y Bernardo Silva sí estuvieron cerca, pero terminaron firmando por el Real Madrid, que entró en las negociaciones en el momento decisivo y se los llevó sin apenas resistencia. No hizo falta demasiado esfuerzo persuasivo: para ambos futbolistas, vestir de blanco resultaba mucho más atractivo que hacerlo de rojiblanco.
Lo llamativo es que el Atlético terminó recurriendo a lo que Narváez describe como planes B y C, muy alejados de aquellas ilusiones iniciales. Y aquí conviene detenerse: no se trata de que el club carezca de argumentos deportivos. Cuenta con una plantilla de nivel notable, capaz de competir con solvencia en LaLiga, aunque en la Champions League las diferencias con los grandes de Europa sigan siendo evidentes. El problema no es tanto la calidad del equipo como la gestión de expectativas y la sensación de que, pudiendo pelear por fichajes de mayor entidad, el club se conforma con alternativas de segundo nivel.
Mientras tanto, en el Real Madrid el patrón es distinto: temporadas de fracaso se traducen en cambios de entrenador —dos destituciones recientes hasta llegar a José Mourinho— y en refuerzos ambiciosos para volver a pelear por todo. En el Atlético, en cambio, no se percibe esa misma urgencia por corregir el rumbo.
Hay un asunto interno que puede condicionar la temporada: Julián Álvarez, molesto tras no poder salir hacia el Barcelona, arranca el curso con la motivación bajo mínimos. Si es inteligente, intentará no dejar que esa frustración contamine su rendimiento y recuperará el cariño de la grada. La temporada es larga y habrá margen para revertir la situación, aunque el objetivo oficial del club siga siendo, según su propio discurso, terminar entre los cuatro primeros. Para un futbolista que quiere títulos, esa meta puede saberle a poco.





