
Hay preguntas que están hechas para incomodar, y la que le hicieron a Mbappé sobre las dos Champions League que ganó el PSG tras su marcha es una de ellas. El francés llegaba a esta rueda de prensa con la necesidad de seguir limpiando su imagen ante el madridismo: el triplete frente a la Real Sociedad había sido un paso adelante, el penalti fallado contra el Betis lo devolvió todo a la casilla de salida. Y en medio de ese equilibrio inestable, alguien decidió recordarle que su ex equipo levanta títulos que él no pudo ganar allí.
Su respuesta no fue precisamente un ejercicio de humildad: “Me da un poco igual. No pienso que lo sepa todo del fútbol, pero sí más que mucha gente, estoy muy tranquilo y sé que hablar de mí, vende mucho”. Una frase que suena a autosuficiencia pura y que ha bastado para que el periodista Joseba Larrañaga le lance un aviso público: “Mbappé necesita un punto de humildad y bajar la soberbia que tiene”.
Lo interesante es que el propio Larrañaga no se queda ahí. Inmediatamente matiza su crítica y termina justificando al jugador: “Cuando le preguntan por el PSG y las Champions que han ganado sin él, no puede responder otra cosa”. Es decir, el problema no sería tanto lo que dijo Mbappé, sino la trampa implícita en la pregunta. Exigirle un discurso de autocrítica por títulos ajenos, ganados en un club que ya no es el suyo, es pedirle que valide una narrativa que lo señala como el culpable de todos los males parisinos del pasado.
Y ahí está la clave que muchos pasan por alto: a Mbappé no le interesa lo que gane el PSG. Le interesa lo que gane el Real Madrid, que es donde ha decidido construir su legado ahora. Pretender que se sienta responsable de una Champions que no jugó, en un equipo que ya no defiende, es un ejercicio de justicia retroactiva bastante cuestionable. Da igual que la temporada pasada fuera el máximo goleador de la Champions y del propio Real Madrid: para cierto sector, sigue siendo más cómodo cargarle con la etiqueta de responsable de una temporada en blanco que reconocer que el fútbol, a veces, simplemente no se explica con culpables individuales.
Lo que queda claro es que este debate no es solo sobre soberbia o humildad. Es sobre qué exigencia es razonable pedirle a un futbolista que ya cambió de vida, de club y de objetivos. Y ahí, la defensa de Larrañaga —por encima de su crítica inicial— tiene más peso del que parece a primera vista.





